MÍTICO e INMOR[T]AL

viernes, marzo 08, 2013




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Grafitti - Plaza Caracas. Caracas-Vzla.
“El le dio a mi hijo el colegio, el uniforme, la computadora y la comida. Fue su padre, porque solamente un padre mantiene a un hijo” – Sra. Lucía en la esquina caliente. Plaza Bolívar. Caracas. 07.03.13.



Me pasa. Hasta ahora no he sentido la necesidad imperiosa de salir a la calle a fotografiar cuando algún evento fuera de precedentes ocurre, quizás sea porque soy madre que primero pienso en mi familia y personalmente porque hace rato mi tema con la fotografía no va por la vía de documentar lo que pasa, sólo porque pasa, sino más bien llevar a imágenes la relación de lo que pasa con lo que siento, o lo que mueve en mi.



Esta vez no fue la excepción, comenzaron a pasar cosas. Pero no me refiero a las cosas que pasaban en el país, sino a las cosas que pasaban conmigo en el paso de las horas luego del anuncio de la muerte de Hugo Chávez, luego de 14 años de un gobierno tan amado como odiado, tan justo como injusto. Empecé a ver imágenes y videos, de cientos, miles, millones de personas dolidas, desgarradas en llanto como si hubiesen perdido, no a cualquier ser querido, sino a alguien muy, pero muy cercano.  Comencé a escuchar testimonios donde las palabras “inmortal, eternidad, héroe, patriota, libertador, amigo, ídolo, santo” todas llovían de las voces quebradas de muchas personas que caminaron siguiendo a una caja de madera - quizás vacía según los últimos rumores - bastante sencilla y sin pretensiones durante siete horas.  Yo, sentada frente a la caja boba estaba ahogada en incredulidad, me resultaba surreal, tremendamente absurdo lo que catalogué como una exageración mediática. Pasmada, literalmente quedé pasmada, viendo como, luego de una procesión que me resultaba interminable, una a una, muchas personas esperaban más de diez horas adicionales sólo para mirar durante 1 ó 2 segundos a un Chávez encajonado y frío en la capilla ardiente. Me di cuenta que ya no se trataba de "El Presidente", y que no es nada nueva esa trascendencia más allá de lo político que tiene ahora el ahora ídolo-mitico-religioso que será "adorado por la eternidad" en una caja de cristal sufriendo el destino absurdo de los embalsamados como magistralmente describió García Márquez luego de ver el cuerpo de Lenin y Stalin.



En ese momento me di cuenta que necesitaba entender, ¿cómo llegamos a esto? ¿qué mueve a toda esa gente?, ¿porqué tanto amor, tanta pasión por alguien que para mi no fue sino un genio de la construcción de la imagen, del marketing, de la creación de un producto muy exitoso generador de votos? ¿en qué momento trascendió todo esto fuera de lo político? ¿a dónde nos llevará esta ferviente adoración de un líder muerto? ¿cuál es la delgada línea entre el amor y el fanatismo? ¿hasta donde llegará la idealización y mitificación? 

Fue el momento de salir a la calle, cámara en mano - sólo por si acaso - porque realmente no salí a fotografiar, por muy fotógrafa que soy, pero sí a tratar de conectarme con los que realmemte está pasando en mi país. Un amigo me preguntó "¿Vas para allá para donde está Chávez?", le dije "No, allá hay demasiada emocionalidad, sólo quiero caminar la ciudad y ver qué me dice, a ver si entiendo con cabeza fría", quizás pensó que no valía la pena salir si no era para buscar una buena foto e inmortalizar parte de la historia, quien sabe. Ya hay bastante gente haciendo eso, y haciéndolo muy bien. 

Caminé desde Chacao a Plaza Venezuela, viendo como poco a poco como el ambiente cambiaba de algo relativamente normal a un luto pesado pero colorido, donde las banderas a media asta lo dominaban todo. Poco a poco apareció la música sacra o de Alí Primera, y las paredes empezaron a hablar, de ahí empezaron a salir fotos que mostraré luego de revelar el único rollo en blanco y negro que tomé.  En la estación del metro de Plaza Venezuela me quedé un rato, viendo los vagones que llegaban desde la ruta de El Valle, desde donde regresaban aquellos que habían visto a su comandante-presidente en la capilla. La euforia era incontenible, ya no percibí el dolor que vi por televisión en la gente, sino más bien mucha pasión desbordada de parte de todos los que se bajaban del tren gritando "Chávez está vivo CARAJO!" y que caminaban con fuerza como llevándose todo por delante, atabiados con camisas rojas, globos, banderas, brazaletes tricolor, y los ojos de Chávez o la frase "Chávez corazón del pueblo" en cada pecho. Fue inevitable la piel de gallina y el frío en la nuca.

En el metro me fui al centro de Caracas, y los ojos de Chávez en las camisas me seguían mirando. Luego de dar varias vueltas me acerqué hasta la esquina caliente de la Plaza Bolívar, sólo a escuchar y observar a la muchedumbre concentrada viendo desde un pequeño televisor improvisado lo que pasaba en la Academia Militar, ya sin lágrimas en los ojos, sino con cierta rabia, esa que puede sentirse cuando algo muy injusto sucede y no te vas a dejar joder. Empecé a hablar con la gente, o mejor dicho ellos empezaron a hablar conmigo y a contarme porque aman a Chávez, de manera espontánea, casi como si en mi cara se leyera mi incredulidad. Me trataron con mucho respeto y amabilidad, incluso sabiendo que no soy Chavista porque nunca lo oculté. Luego de respetar su petición de que no les hiciera fotos porque "no somos un circo", que me regalaran y me colocaran una cinta tricolor como brazalete porque eso "no significa que seas Chavista, sino venezolana", empecé a ver lo que no había visto hasta ahora. 

Este hombre, duélale a quien le duela, supo convertirse en un "Pater Familias", en el padre que provee, que se encarga, que se responsabiliza, que está pendiente, del cual tanto adolece nuestra familia promedio, y que además le agregó a ese asumir la patria potestad de las familias venezolanas más humildes, una afectividad, valoración y respeto inconmesurable hacia la mujer en una sociedad de familia matricentrada donde la costumbre es la de sentirse víctima y abandonada por un hombre de ausencia vigente y permanente.  Puede usted pensar que esto es cursi, meloso, o romántico, o pensar que es exagerado y no es razón suficiente para justificar el fanatismo, por esa tendencia bastante cerrada de visión que tenemos de juzgar lo general en función de nuestro particular, pero nada más lejos de la realidad. Este hombre supo enquistarse en la mayor de las debilidades de nuestra sociedad, estudiada largamente por sociólogos y antropólogos, y la fórmula además de exitosa, es duradera, y difícil de erradicar. Hay que entenderlo así: a la mitad del país se le murió su padre, no su presidente. Y no un padre cualquiera, sino el padre que te dio educación, casa, alimento, te ayudó a valorarte y a exigir tus derechos, que te hizo ciudadano, cuando pensabas que eras un esclavo. Quien haya tenido un padre de ese tipo - que no son todos - y lamentablemente haya muerto, quizás entienda ese dolor.

No, no me estoy ablandando, soy y seguiré siendo opositora, no me siento identificada con lo que vi porque no me tocó un padre como el que les describo, y aunque murió nunca sentí ese dolor que te desgarra el pecho, además no le debo absolutamente a ningún gobierno y mucho menos tengo otro padre político. Pero hay verdades incólumes, que no se pueden negar Es cierto que en estos últimos 14 años el gobierno ha destinado, más que cualquier otro, muchos recursos en proyectos sociales, apoyando el desarrollo de la imagen del Presidente como ese padre de familia, haciendo espacio en la emocionalidad del venezolano promedio, que es individualista, inmediatista y agradecido por encima de muchas cosas. Y por si fuera poco ese rol de padre incondicional traspasó fronteras. También es verdad que la corrupción que existe no tiene precedentes, que nuestro sistema judicial es inexistente, que la inflación es galopante, que la economía vive uno de sus peores momentos, que el aparato productivo nacional ha sido mayormente desmantelado. Y en el medio de estas dos realidades, hay una en común,  la inseguridad imperdonable y fatal, que se lleva a centenares de venezolanos cada mes convirtiéndonos en uno de los países más violentos del mundo y que afecta sin distinción a toda nuestra sociedad.

Dos realidades que parten al país en dos, moral, emocional y materialmente. El asunto es en cual de estas dos realidades te ha tocado vivir en los últimos 14 años y los que restan - porque esto no termina aún y que tan dispuesto estás en disfrutarlo, aceptarlo, sobrellevarlo, o más bien sobrevivirlo. Y creo que justamente eso es lo que tenemos que entender, que no, no somos iguales, que una mitad se siente apoyada y la otra se siente afectada, y que en el camino ambas nos quedamos sin vida a manos de la inseguridad de la cual nadie se hace cargo. Lo interesante de todo esto, es que esa misma mitad que hoy apoya incondicionalmente al sucesor nombrado a dedo de presidente difunto, como protegiendo su legado sagrado, será la misma que con vara dura mida día a día la gestión de lo que viene, esperando la misma paternidad que veremos que tanto tiempo puede ser mantenida sin los recursos y sin la carisma y personalidad de un líder nato como Hugo Chávez Frías.

¿Qué viene? No tengo idea. No tengo miedo. Estoy montada en el mismo barco del cual no me pienso bajar y trabajo para darle a mi hija lo mejor que puedo, porque mi padre no es Chávez, porque mi relación con la figura paterna es catastrófica y visceralmente deteriorada, porque desde los 17 años me mantengo sola y no soy dependiente de hombre alguno, y porque mi vida no está hipotecada. Sigo en resistencia.

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