Lo que trae la cola
domingo, enero 11, 2015
Las colas que desde muy temprano en las mañanas comienzan a hacer los venezolanos para comprar comida no solo son "trending topic" en una red social, son una realidad dura y pesada que recrudeció con el amanecer del 2015. Las razones son conocidas, aunque también se aluden causas bastante rebuscadas basadas en guerras económicas, saboteos burgueses y ataques psicológicos planificados por una oposición al gobierno de turno que en mi criterio está prácticamente muerta. El sol no se puede tapar con un dedo, y comenzamos a ver como estas filas humanas forman parte de una de las señales más fuertes que indican que la cosa no anda bien en Venezuela. "El que tenga ojos, que vea"
Independientemente de como califiquemos estos hechos y a quien le asignemos responsabilidades me han dejado más impresionada las reacciones de las personas que ansían obtener sus productos de primera necesidad. He visto videos, leído relatos, escuchado las historias de desesperación, intentos de saqueo, violencia, robos de comida entre ciudadanos, y muchas acciones desesperadas. La naturaleza humana es increíble y el instinto de supervivencia salvaje. Ver cómo éste último prevalece, me confirma como nos hemos deteriorado como ciudadadanos y seres humanos.
Afortunadamente no he sido testigo directa de tales demostraciones de la pérdida de nuestra calidad humana, quizás porque dentro de mis decisiones ante la crisis que vivimos está la de evitar, en la medida de lo posible, y hasta donde pueda lograrlo, la confrontación. Eso implica evitar lugares donde esto pueda ocurrir, empezando este año por los mercados y supermercados. Una decisión bastante infantil la verdad, porque tarde o temprano tendría que ir a comprar comida como cualquier persona.
Hoy fue ese día, y mi burbuja personal explotó. Con decisión salí en la mañana al supermercado, el primero que se me atravesó, la verdad, y al no ver colas en la parte exterior me llené de optimismo y calma. Era distinto lo que sucedía en el recinto. Todos los pasillos estaban llenos de personas con sus carritos en su respectiva cola para pagar, los demás intentaban apretujados transitar en los espacios que quedaban libres y llenar su carrito con algo. Un acomodador gritaba "¡Agarren aceite que está barato!", refiriéndose irónicamente a un aceite importado - el único en el anaquel - que superaba los mil bolívares la botella. Su chiste malo caldeaba los ánimos. Agarré una que otra cosa mientras iba por el primer pasillo y al final llegué a la carnicería, un grupo de gente se aglomeraba, aunque las neveras estaban completamente vacías. Pregunté a alguien que amablemente me dijo que la carne estaba dentro en las cavas y que no la exhibían para no generar revuelo, y que cuando tocara mi turno simplemente preguntara qué había. Así que tomé mi número: el 11 salió del rollo de números, siendo hoy 11.1.15 se me salió una sonrisa por la coincidencia; "Lucky number", pensé. La señora de al lado me miró con cara extraña, y pude entenderlo porque realmente nadie estaba sonriendo. La pantallita marcaba que iban atendiendo al Nro. 4 y me propuse esperar.
Empecé a tratar de entender la dinámica, que era bastante lenta, y los carniceros - muy malencarados - no dirigían la palabra sino solamente a aquella persona que estaban atendiendo. Pude entender que estaban vendiendo una pieza de carne completa, y de allí cortaban todo lo que podían, pero debías comprarla toda o nada. Las piezas más pequeñas pesaban 5 kgs, que eran unos Bs. 1.800 que no todo el mundo podía pagar. Muchos se iban frustrados y molestos, una chica incluso casi llorando. Pasaba el tiempo y mientras esperaba lograron aglomerarse más de 50 personas para "ver lo que había".
Uno de los clientes en la espera, un señor pequeño y canoso con ínfulas de sabelotodo, se dedicó a explicar a todo el que llegaba la dinámica y casi podía ver una media sonrisa asomarse en su rostro cada vez que alguien se iba y no tomaba número porque no podía comprar una pieza completa. ¿Qué morbosa razón podría generarle tal satisfacción?. Realmente empezó a indignarme la situación, ¿porque obligaban a comprar una pieza completa limitando la posibilidad a personas que no tenían la necesidad ni el dinero para poder pagarla? Entendí de inmediato que era una medida del supermercado, y que ponerme a discutir sobre eso no ayudaría en nada, al contrario, generaría un posible motín con tanta gente desesperada.
Una señora bastante mayor llegó, como muchos, y el consabido señor le brindó la magistral explicación que repetía a todos, esta vez finalizando con la frase: "Esa es la mecánica, si no puede comprar toda la pieza se va". No pude soportarlo más y desde donde estaba le pregunté a la señora qué necesitaba comprar, "Seis milanesas mija, eso es todo". El marcador iba por el número 9 y en un rato tocaría mi turno, el número de la señora sería el 52 pero no lo iba a tomar. Me acerqué a la señora y le dije, "Venga conmigo, yo pido la pieza y la compartimos, le digo al muchacho que pese lo suyo aparte y ahí vemos cuanto le toca pagar, vamos juntas a la caja y ud paga lo suyo". La cara de la señora me decía que no podía creer lo que pasaba, e incluso pensó que era una especie de "bachaquera" y que le pediría dinero. No pude sino reírme, "¡No señora! Yo solo quiero ayudarla". Cruzamos nombres, ella se llama Martha. No faltaron las bendiciones, y por supuesto el agradecimiento.
Otras personas al escuchar lo sucedido empezaron a ponerse de acuerdo y finalmente alguien empezó a organizar grupos de 2 o tres personas que quisieran comprar poco para que compartieran la famosa pieza. El ánimo cambió de inmediato, muchas personas que esperaban se vieron aliviadas al no tener que gastar tanto dinero, empezaron las sonrisas y el humor, se compartían los nombres y se cruzaban teléfonos para avisarse cuando hubiese algún producto cerca en la comunidad. Personas que no se conocían empezaron a hablarse como si se conocieran de toda la vida. Los carniceros entendieron lo que pasaba, ellos eran solo empleados y se dieron cuenta que estaba bien, y que ellos podían seguir cumpliendo las instrucciones de su jefe y no meterse en problemas. También empezaron a sonreír. Vi como un señor mayor, quizás el Gerente, llegó desde adentro de las cavas a preguntar que pasaba, y los empleados contestaron: "Nada, estamos vendiendo piezas enteras como usted nos dijo". No escuché más al señor pequeño y canoso.
Otras soluciones surgieron: mientras alguien pedía la pieza de carne y esperaba que hicieran los cortes, la otra persona de su grupo iba haciendo la cola para pagar, así no se aglomeraba tanta gente frente a la carnicería y saldrían más rápido del local. Mientras uno esperaba su turno para la carne, los demás iban y compraban el resto de sus cosas. Finalmente, las dos horas y media que esperé resultaron amenas, conocí a Martha y a su hija María. Supe que Martha se había caído por las escaleras y tenía un chichón en la cabeza. María había sido alguna vez obesa, pero pudo operarse el estómago y ahora está en su peso ideal y su autoestima mejoró mucho. Es soltera y vive con su mamá pero no pierde la esperanza de tener novio. Un atisbo de esperanza sobre el comportamiento ciudadano que tan ausente ha estado en los últimos tiempos surgió para mi.
Se que este hecho es quizás aislado, o quizás no, quizás lo que hace falta es que otras personas que han vivido experiencias similares lo cuenten y no solo contemos lo malo que vemos o vivimos a través de las redes sociales, a nuestros vecinos o amigos. Se vale darle valor a las cosas buenas que todavía hay, que pasan, y que son aquellas que nos van a ayudar a sobrellevar la situación que vivimos. Se también que tener un buen comportamiento ciudadano y ayudar a otros no es la única solución para muchos de los problemas que nos aquejan y que requieren de medidas de fondo que en mucho no están a nuestro alcance, pero sí estoy segura que apoyarnos en estos tiempos es primordial para no matarnos por un pedazo de carne.
No estoy en una burbuja, vivo en Caracas, Venezuela y me afectan todos los problemas que aquí tenemos. No les resto importancia, pero pienso cada día en como puedo aportar algo en mi entorno para sobrellevarlo todo. Así que seguiré compartiendo mi pedazo de carne, mi cuota de papel tualé, de leche o de lo que consiga, no como una aceptación de la situación, ni como una muestra de conformismo, ni porque sea una santa, ni quiera ser buena, sino porque creo auténticamente que ese comportamiento es el que puede hacer que luego de tanta destrucción podamos levantarnos de nuevo y reconstruir nuestro país. Ese tiempo, vendrá.
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