Sobre la reconciliación [historia personal]
viernes, abril 19, 2013
He repasado varias veces esa conversación. La que tuve - vía virtual - con alguien que considero un verdadero revolucionario, "comunista, necio, rebelde y apasionado" como el mismo se definió, lo cual avalo. Él está lejos, por obligación más que por convicción, o al menos es esa mi interpretación, aunque a veces se acerca. Nuestra historia es larga, pero eso no viene al caso, el punto es que es alguien a quien admiro y respeto por sus convicciones humanas y políticas, alguien a quien conocí cuando militaba, con un inmenso sentido de la justicia y que por razones de todo tipo tuvo que desaparecer un buen rato. Recuerdo que me llamaba "compañera" y que una sola vez me contó la historia de su padre, momento en el que entendí que - como pocos - él tiene razones más que válidas, además de su manera de pensar, para creer y trabajar por un cambio social y político para Venezuela y Latinoamérica, ahora no desde la clandestinidad, sino desde los espacios de enseñanza.
En fin, él no lo sabe - y se enterará al leer esto - pero fue quien despertó mi ser político, aún perteneciendo a mundos completamente diferentes. Comencé a cuestionar mi apatía política, a leer, a entender, a conocer la historia, a formar mi propio criterio, no fanático, ni radical, más bien una mezcla que terminó siendo de izquierda liberal - que no comunista - pro derechos humanos, pacifista, creyente del capital humano y de la libertad social y económica. Nos reencontramos cuando ya estabamos resteados cada uno de nosotros en sus convicciones, hacía un tiempo habíamos dejamos de hablar de política justo cuando dejó de ser resistencia y se reconoció del lado pro-gobierno Chavista y yo me declaré opositora. Una sola vez le hablé directamente sobre mi oposición, sobre las cosas con las cuales no podía de ninguna manera comulgar con el, para entonces, presidente Hugo Chávez. Lo hice con rabia, con la rabia hija de la impotencia, desde la madre que no puede mirar un futuro para su hija en su país. Hacía frío, él comía un gran plato en la cena, yo no tenía hambre. El calló, comió y solo atinó a decir "estás resteada Arlette Montilla", sin más. La siguiente vez que nos vimos me parecía fatuo, vacío y un tanto estúpido que nos siguiéramos hablando como si nada pasara, obviando por completo lo que sucedía en el país; se lo dije, ahí dejamos de hablarnos, sin decretarlo, sólo pasó.
Ha pasado el tiempo. La maravilla de las redes sociales me permitió "verlo" de nuevo y su reacción ante lo que sucede políticamente en Venezuela tras las últimas elecciones. No se si odiar o amar el virtualismo que me llevó a ver como este hombre, admirado como he dicho, se reconoció públicamente a la orden de Nicolás Maduro como jefe, en espera de su mando. Confieso que rompí el silencio, que la rabia y el dolor me invadió, confieso que sentí que era lo último que podía pasar, confieso que a raíz de esa declaración me di cuenta que todo estaba realmente muy mal, confieso que lo ataqué, que si lo hubiese tenido enfrente lo hubiese cacheteado. No lo pude evitar y no me arrepiento, porque producto de esas reacciones derivó la conversa.
Luego de escupir todo lo que pensaba sobre Nicolás Maduro y su poco mérito y competencia para que fuese considero por él como "jefe", hablando desde el dolor, no lo niego, y después de que él - desconociéndome totalmente - me soltara que estaba yo "a la espera de la vuelta de una democracia burguesa", vino de nuevo el silencio. Me sentí ofendida, insultada en mi inteligencia. Siguieron las disculpas. Me di cuenta de lo lejos que hemos llegado, de como muchas veces no vale ni el cariño, ni el amor, cuando de política se trata, que es romántico y hasta irresponsable, a estas alturas pensar en reconciliación. Y aquí va lo último que recuerdo de esa conversación, que me da vueltas y vueltas en la cabeza, palabras más, palabras menos porque también de la rabia borré el chat:
"Convengamos que soy comunista y que esta revolución dista mucho de ser la revolución bolchevique por la que luché, por la que lucho. Convengamos también que no puedo ponerle un nombre a tu postura pero dista mucho de las mía, que nuestros mundos son muy distintos, que nunca podré pertenecer al tuyo, ni tu al mío, que nuestras convicciones son opuestas a nuestras ilusiones y a lo que soñamos. Convengamos que somos tu y yo una muestra de lo que es el país. Al final aquí todo se va negociar y tu y yo seguiremos igual."
Ahí me quedé, pasmada, por un rato. Con la realidad estampada en la cara. Con esa verdad incólume atravesada. Porque así es, así es.
¿A donde vamos a llegar? ¿Cómo termina esto? Nada sé. Sólo que sé que sigo resistiendo, que creo en la verdad, que la verdad se sabrá y que hay que tener paciencia.
Cuando me reencuentre con mi amigo, les cuento.
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