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Entre la consciencia, la evasión y la indiferencia

lunes, marzo 24, 2014


Ayer 23 de Marzo mi hija y yo tuvimos la oportunidad de participar en la protesta pacífica en contra de la inseguridad que propone Gritos Silentes .  El día estaba hermoso, cielo limpio de verano y un sol inclemente nos acompañaron durante las casi dos horas en las que recorrimos el Bulevar de Sabana Grande, desde Plaza Venezuela y hasta Chacaíto. El plan era aparentemente sencillo: haríamos cuatro paradas siguiendo a nuestros líderes y en cada una alrededor de 40 personas que conformamos el grupo nos desplegamos a lo largo y ancho de un espacio, creando una especie de campo "minado" de paso obligatorio con los carteles que cada uno de nosotros sostenía, con el nombre, edad, profesión, lugar y manera en que murió una víctima de la violencia en Venezuela.  Y digo que era "aparentemente" sencillo porque estaba yo muy lejos de saber todo lo que pasaría de ahí en adelante. Caminaríamos y nos instalaríamos en esos lugares en completo silencio, en actitud solemne, de respeto y recogimiento, poniéndonos en el lugar de las víctimas y sus familias en un compromiso fuerte y muy emotivo. Eventualmente, luego de una señal,  haríamos lo que llaman una "descarga" que consiste en gritar muy fuerte, representando el dolor de la víctima o sus familiares.

Cuando aceptaron nuestra petición de ser voluntarias me enviaron los datos de dos víctimas que toman de una gran base de datos. Les di gracias por la información pero les propuse representar a personas conocidas o cercanas a nuestro círculo,  no tuvieron problema alguno. Entonces hicimos dos pancartas. Yo fui Nelson Cabrices, 46 años, Maquillador (y amigo), que fue interceptado el 04 de Abril del 2012 en Los Dos Caminos mientras regresaba a su casa para robarle el carro, al tratar de huir uno de los ladrones se acercó y le disparó sin compasión. Un solo tiro en un costado cegó la vida del cariñosamente llamado "Tío Nelson", un hombre sencillo, divertido y un profesional muy reconocido en su área con quien tuve la oportunidad de compartir; lo vi dos días antes de su muerte y me contó que se iría al exterior a continuar su carrera, ahí quedó su sueño. Mi hija fue Miguel Ángel Martín, 67 años, Agricultor, asesinado por la delincuencia organizada el 11 de Noviembre del 2013 con disparos de escopeta al llegar a trabajar a su finca en El Sombrero, Estado Guárico y padre de Ariadna Martín, nuestra amiga. No conocí al Sr. Miguel Ángel pero por mi amigo Omar Sierralta supe de su sencillez, humildad, amor por su trabajo y por el país. Era canario y dejó literamente la vida en Venezuela.

La primera actividad de reconocimiento inició un via crucis de sensaciones para mi. Nos organizamos en cuatro grupos y cada uno se reunió en círculo mostrando su pancarta. La idea era leer y conocer a las víctimas que cada uno de nosotros representaba. Fue fuerte leer todo aquello, identificarse con alguien de tu edad, o profesión, o que vivía en tu zona y jamás conociste, y saber que fue víctima como podrías serlo tu en cualquier momento me llenó de rabia, frustración, miedo, impotencia y tristeza, todo eso al mismo tiempo. Mis manos comenzaron a sudar mientras sostenía el cartel del Tío Nelson. Reconocí en los rostros de los demás voluntarios que no era la única que sentía así, muchos tragaron duro como yo y nuestros ojos ya mostraban indicios de lágrimas que no podíamos contener.



Las paradas: crear consciencia

Las primeras dos paradas fueron las más fuertes para mi, desde el primer momento comencé a llorar recordando a Nelson e imaginando lo que pudo haber sentido cuando lo asesinaron, pensé en su familia, en el dolor de perder un ser querido. Pude ver a lo lejos que mi hija lloraba también, y puedo imaginar claramente su conexión con la pérdida de un padre, porque ella lo vivió en carne propia, aunque no en manos de la violencia lo cual debe ser mucho más fuerte. En principio mi desconexión con el mundo exterior fue total, mi mirada estaba fija en un punto neutral, como en una especie de trance o meditación por exagerado que parezca, el voto de silencio durante la protesta es de las cosas más importantes que sucede en esta actividad: evita el rechazo generalizado de los que no entienden que pasa, obliga a leer las pancartas y te hace concentrarte en lo que quieres transmitir.

Pude ver, dentro de esa concentración a las personas que se paraban cerca y leían, sus caras de tristeza, como eran movidos por lo que estaban viendo. Lo más fuerte fue recibir pésames, palabras de aliento y contacto físico de personas, sobre todo abuelas o señoras, que al detenerse y entender de que trataba se conmovían. Me tocaban el hombro, apretaban mi mano o mi brazo en señal de apoyo. Esos contactos físicos me hacían llorar más, entender como otro ser humano puede hacerse solidario con tu dolor o hacerlo propio fue de las cosas más hermosas que viví. Unas señoras en un punto comenzaron a rezar y otras al pasar se persignaban o me brindaban una bendición con la señal de la cruz, como hacen los curas en las iglesias. Eran personas totalmente desconocidas, que no se acercaron por compromiso, que no sabían ni de cerca quien era yo, y sin pensarlo me daban una señal de apoyo. Consciencia.



El grito: evadir la realidad cuando pega fuerte

Seguíamos caminando y ese tránsito de emociones me seguía invadiendo. Había momentos en que me calmaba, otros en que volvía de nuevo al llanto. Un sube y baja, entre el calor, el sol y la observación. A mitad de recorrido vi como uno de los líderes hizo la señal para la descarga, sentí nervios de alguna manera. Cuando se completó la señal empezó la descarga de gritos que se contagió entre todos los voluntarios. Tomé aliento y grite como nunca en mi vida lo había hecho, se agotó el aire y volví de nuevo a gritar, lloraba terriblemente, un dolor auténtico me invadía, gritaba desde el alma, gritaba por Nelson, por Miguel Ángel, por todos, por mi, por mi familia. Grite una, dos, tres y perdí la cuenta de las veces por menos de un minuto. Terminé temblando y llorando, fue cuando abrí los ojos - o no recuerdo si siempre los tuve abiertos - miré a un grupo de personas entre ellos unos niños agarrados fuertemente de la mano de su mamá que me miraban con cara de incredulidad. Yo seguía sosteniendo firmemente mi pancarta.

"¿Porque todos gritaron mamá?" preguntó el niño más grande. La mamá no supo responder, lo jaló duro de la mano y le dijo "Vámonos, sigue caminando". Otra niña empezó a leer el cartel en voz alta como lo hacen los niños cuando están aprendiendo a deletrear y escuché con voz fina y lenta que repetía "N e l s o n   C a b r i c e s , a s e s i n a d..."; no pudo terminar la palabra, la madre le tapó los ojos y le dijo "¡No sigas leyendo eso!¡Es malo!" y se la llevó. Pude escuchar como se alejaban y la niña preguntaba "¿Pero era una grosería mamá?". Un señor se me acercó y me dijo "Asustaron a esos niños", yo pensé "Los niños tenían curiosidad, los asustados eran los padres, ¿cómo explicarles que hay una bala con su nombre por ahí?"

Muchos voltearon y siguieron su camino, pero si pude ver que en el momento del grito mucha gente detuvo su andar.  Fue menos de un minuto, después todo volvió a la "normalidad". Silencio. Una gran negación.



La caminata: vuelve la indiferencia 

Luego del grito realmente descargué mis emociones, el llanto paró, pude secarme las lágrimas, tomar algo de agua, revisar como estaba mi hija que de lejos me miró con los ojos hinchados y me regaló una sonrisa. Estábamos bien, estábamos vivas. Pude sentir una especie de paz, no se como describirlo pero gritar de ese modo realmente fue una catarsis, una manera de llamar la atención, de representar el dolor de que te arrebaten la vida de modo violento, sin haber terminado tu misión, sin haber vivido lo que te correspondía.

Ya más tranquila pude observar mejor el comportamiento de la gente, mientras caminábamos nos decían muchas cosas, personas que no leían los carteles y solo veían pancartas desde los edificios o las calles por estar muy lejos nos gritaban que fueramos a trabajar, no faltó un "Viva Chávez", ni un "estos escuálidos cada vez están más locos". Alguien dijo por ahí que todo era culpa de María Corina. Lejos estaban de entender que no era una protesta partidista y que la violencia nos alcanza a todos sin importar tu color político. Había que leer las pancartas para entender de que se trata todo, por eso las paradas.

Otras personas quedaban un poco afectadas, se asombraban y pude escuchar "nos están matando", "cuando me tocará a mi", entre reflexiones de algunos transeúntes. Pero lo que más pude apreciar fue personas que desviaban la mirada, entendían que había una protesta pero no se querían enterar de que iba; luego del grito y ya más centrada empecé a buscar con la mirada a las personas en total silencio para ver quien hacía conexión. Muy pocos. Casi todos pasaban frente al cartel mirando al piso, cabizbajos. Otros me miraban, concectaban un micro segundo pero pude entender que era un acto autómata, seguían inmersos en sus pensamientos. Pude ver evasión, pero más que todo pude ver indiferencia. Me dolía, pero pude respetarlo. No todos estamos preparados para tomar consciencia y muchas veces lo hacemos cuando el problema nos alcanza de cerca. Muchos no estamos listos para que nos importe lo que le pasa a los demás.

En conclusión: A mi me importa

Participar en esta actividad fue relevador de muchas formas, me hizo pasearme por un bulevar de Sabana Grande que representa en pequeña escala lo que sucede en el país. Alrededor de pinta caritas, burbujas de jabón, el muñecote de Barney repartiendo globos y las familias comiendo helado nos paseamos con la muerte a cuestas, vestidos de negro y en silencio, entre toda esa "alegría" forzada de la calle, ese evadir de la realidad, fuimos un despertar para muchos, un pedacito de consciencia que temporalmente o quizás para siempre se instaló en algunos. Y así estamos, entre un país chévere, y un país que se muere cada vez más rápido. Hasta que despertemos todos y exijamos se respete nuestro derecho a la vida. 

Finalmente, como concluyeron los organizadores de la jornada, coincido en que "... estas tareas no se hacen en un día. Solo sembramos una semilla, sabemos que esto no va a cambiar las cosas de la noche a la mañana, pero es el inicio de algo. Gracias". Por eso #AMiMeImporta




 

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