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¿Hace falta el que vendrá?: pequeñas crónicas de despedidas

martes, julio 22, 2014

Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Me miró desde el azul de sus ojos. Sin mucho preámbulo me dijo "Me voy, en unas tres semanas estoy fuera del país".  Era la quinta vez en un mes que escuchaba frases como esa de amigos y conocidos. En esos casos no sabes que decir, te debates entre la tristeza de ver partir otro ser querido y la alegría de que haya encontrado una vía para hacer una vida mejor; también se mezcla la incertidumbre y el miedo de la situación propia, te haces preguntas, te cuestionas. Él es contemporáneo conmigo, pero piensa en su hijo y quiere darle otras oportunidades. "¿Qué vas a hacer por allá?¿Tienes trabajo?", me preocupé en preguntar, tenemos la confianza suficiente. "No lo se, sólo quiero sacar a mi hijo de este país. No me importa lavar pisos si es necesario". Tragué duro y aguanté las lágrimas, eso no es lo que necesita de mi, pensé. Nos tomamos un café, nos hicimos los locos y seguimos hablando de otra cosa como si nada, como dejando pasar el momento difícil de preguntar por la fecha exacta de la despedida.

Mi teléfono celular repicó, ese día llovía como parte de esos días bipolares de Junio que siempre me han chocado tanto; Junio es un mes confuso. Rara vez me llama, me escribe mensajes de texto o de chat, tiende a ser frío pero tiene una manera particular de expresar sus emociones y manifestarme su cariño. El corazón pegó un brinco, ya se va, pensé. Efectivamente, desde el otro lado del teléfono me saludó como cualquier día y después de un silencio incómodo dijo "Mañana me voy, no puedo despedirme personalmente, no quiero". Sólo atiné a desearle suerte, decirle que se cuide mucho y que espero verlo de vuelta, quizás cuando Junio no sea tan indeciso. Otro amigo que partió.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Ese día hablábamos de trabajo, cuando lo hacemos le gusta sentarse en el sofá de mi oficina, se pone cómodo, se quita lo zapatos, se que siente en casa y eso me hace feliz. Siempre reímos, pero esta vez se puso serio. "Ya no puedo esperar más, con o sin licencia me voy."  Él es de los que tiene ya rato esperando por sus papeles de inmigración para el país donde está toda su familia, es un solitario, que decidió quedarse en Venezuela porque cree en ella, porque su negocio era próspero y porque es un soñador que cree que los cambios son posibles. "Estoy harto, para que cambien las cosas tiene que cambiar la gente y eso no pasa de la noche a la mañana. Nada me ata a este país, excepto mis amigos, que quisiera llevármelos en una maleta, pero no me puedo poner sentimental" . ¿Qué decir:? Otro afecto que se aleja, pensé. Odié la situación, odié pasar de nuevo por esto, lo miré y no me pude aguantar. Mientras le decía que siempre lo apoyaría en cualquier decisión las lágrimas corrían solas sin poder controlarlas. Me abrazó, "Coño mi compinche, mira que es difícil". Lo se, contesté.

Han pasado los días, esa despedida todavía no ocurre pero se está dando poco a poco, cuando veo que esta vendiendo sus cosas, haciendo inventarios, haciendo trámites para cerrar su negocio y dejar a toda su gente bien arreglada, lo veo en sus ojos y en su evasión cada vez que le digo para vernos. Me manda sus ideas de negocio fuera, me alegra el corazón saber que piensa siempre en mi. Creo que hay que ser fuerte, que cuando se toma una decisión como esa no se puede uno ablandar. Sentimientos encontrados y la vida partida en dos.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Cuando me escribió para decirme que quería una reunión conmigo sabía que algo estaba tramando. Cada vez que lo hace se me hace un nudo en el estómago y hasta ahora siempre me había sorprendido con una buena noticia, una idea, un proyecto. Su cara morenaza y simpática me miraba con ojos brillantes, sonrisa a flor de piel, "no puede ser una mala noticia", pensé. Y no lo era, no para él. Con alegría desbordante y rostro de niño con juguete nuevo me lanzó directo y sin anestesia un "me voy" con disculpa incorporada. Su conflicto era faltar a sus compromisos conmigo, dejarme con pendientes y quería ver como podía solucionar. Todo era silencio, veía su boca moverse y no escuchaba nada, era como estar metida en un estanque bajo el agua.  ¿Cómo decirle que me importaba un pito el asunto laboral y que realmente me estaba dando en la madre que se me fuera tanta gente querida?. Me puse el traje corporativo y respiré. Repetí el discurso de suerte - jamás he creído en ella- , lo mejor es lo que pasa, que te vaya bien, y el "no te pierdas" que ya había repetido varias veces en el mes.

Hace unos días una amiga mutua me decía que estaba molesta, que no sabe porque pero que le incomodaba muchísimo ese tema de la gente que se va sin importarle nada de nada, sin mirar a los lados, sin pensar en los demás. Me lo decía con dolor, con sentimiento. Sólo atiné a decir algo que he reflexionado últimamente: nos aproximamos a las partidas como lo hacemos con la muerte, somos egoístas, pensamos en nosotros y no en el bien del que se va, en el descanso, en la tranquilidad y la calidad de vida que persigue. Y le dije: no hay manera de irse de tu país sin dejar heridas abiertas, emigrar es como renunciar a algo muy tuyo, hay que hacerlo sin mirar atrás, sin pensar en otros, porque de otro modo no lo harías. Yo iba manejando, pero por el rabillo de ojo pude ver como cruzó los brazos y suspiró profundamente. "Es verdad, lo que pasa es que no quiero que se vaya", dijo. "Yo tampoco, ¿almorzamos?", contesté.

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Foto por: Mario Goncalves -Identidades de Viaje

Ella siempre me escribe para pedir consejo, lo hace de vez en cuando, creo que por alguna razón necesita aprobación. Algún día lo entenderé. Había recibido un correo la noche anterior en el cual su compañera de trabajo, días después de haber partido a un viaje vacacional, le informaba que no volvería al país, que se quedaba, que "Chao pescao'" . Me dejó fría. Así nada más, después de emprender un gran proyecto que ha resultado exitoso, se quedó sin socia. "Así estamos", le dije, "¿qué vas a hacer?". Me dijo que tenía oportunidad de trabajo fuera y que no sabía porque lo había pensado tanto hasta ahora y que era hora, y dicho eso un "me voy pal carajo" me soltó.  Gancho al hígado. ¿Que decir esta vez?:"Échale bola pues".

Me di cuenta que de un tiempo para acá trato de no alargar esas conversaciones. Se cómo terminan, o se que nunca terminan. Seguimos hablando, no le toco el tema, pero es inevitable verla trabajar, ver todo ese talento y pensar que en sólo cuestión de meses estará en otro país, y que lo que alguna vez soñó aquí se desvanece poco a poco. A esa despedida no quiero ir, realmente no quiero ir a ninguna.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje
Él tiene una energía desbordante, se ha enamorado del espacio que transito y por eso lo veo regularmente. Soy su "mamá fotográfica" y yo me lo creo.  Y así como es él de espontáneo, hablando de cualquier cosa me confesó que está planificando irse. No sabe si definitivamente, pero necesita apartarse de toda esta locura. Una vida personal batuqueada, proyectos de negocio que no terminan de florecer y una crisis vocacional fueron el caldo perfecto para que decidiera emprender un viaje quien sabe si con retorno.

"No tengo miedo, no sé que me voy a encontrar, pero no tengo miedo". Admiré su valor, pensé con algo de envidia sana que es fácil con menos de 30 años en el calendario, sin matrimonio, hijos, ni perro que le ladre tomar una decisión como esa. Le pregunté si estaba seguro y luego me arrepentí. ¿Quién soy yo al fin y al cabo para cuestionar las decisiones de nadie?. "¿No estarás huyendo?", pregunté con una autoridad terrible, como creyéndome que con algún discurso barato cambiaría su decisión. Iba manejando y no pude ver su cara pero me repetía a mi misma cien veces que era yo una metiche de pueblo. "No vale, no huyo, sé que cuando regrese encontraré los mismos temas que dejé pendientes, por eso no quiero dejar ninguno". La hora de cola pasó mientras me contaba sus planes, yo tenía algunos vacíos, opinaba a veces, la mayor parte callé. Otra despedida en puerta. La fila de carros avanzó y yo permanecí quieta. "Hey, avanza que la cola camina". Eso trato, pensé, de avanzar entre tanto intento.


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Detrás de los anteojos "retro" sus pequeños ojos se pierden, esperábamos para iniciar una actividad con varios invitados y me dijo "Chica, todo el mundo se va, ¿lo has pensado?". Ella es mayor que yo pero sus hijos son pequeños. Hablamos sobre las posibilidades de irnos de país y le confesé que la verdad no está en mis planes, que todos mis ahorros están invertidos en Venezuela, que a mi edad es complicado empezar se nuevo, y demás reflexiones que me he planteado. Silencio. También ella lo había pensado del mismo modo. Más silencio, nosotras nos quedamos en el país. El sonido del proyector de diapositivas inundaba el lugar, y me quede pegada viendo y sin ver a la vez. Más diapositivas, sueltas, sin orden, había que ordenar ese carrete. Palabras sueltas, espacios en blanco.

Pensé en el dicho "No hace falta el que se va, hace falta el que vendrá".  Nos inventamos cada cosa para justificarnos. Así somos. Así es Venezuela.

Entre la consciencia, la evasión y la indiferencia

lunes, marzo 24, 2014


Ayer 23 de Marzo mi hija y yo tuvimos la oportunidad de participar en la protesta pacífica en contra de la inseguridad que propone Gritos Silentes .  El día estaba hermoso, cielo limpio de verano y un sol inclemente nos acompañaron durante las casi dos horas en las que recorrimos el Bulevar de Sabana Grande, desde Plaza Venezuela y hasta Chacaíto. El plan era aparentemente sencillo: haríamos cuatro paradas siguiendo a nuestros líderes y en cada una alrededor de 40 personas que conformamos el grupo nos desplegamos a lo largo y ancho de un espacio, creando una especie de campo "minado" de paso obligatorio con los carteles que cada uno de nosotros sostenía, con el nombre, edad, profesión, lugar y manera en que murió una víctima de la violencia en Venezuela.  Y digo que era "aparentemente" sencillo porque estaba yo muy lejos de saber todo lo que pasaría de ahí en adelante. Caminaríamos y nos instalaríamos en esos lugares en completo silencio, en actitud solemne, de respeto y recogimiento, poniéndonos en el lugar de las víctimas y sus familias en un compromiso fuerte y muy emotivo. Eventualmente, luego de una señal,  haríamos lo que llaman una "descarga" que consiste en gritar muy fuerte, representando el dolor de la víctima o sus familiares.

Cuando aceptaron nuestra petición de ser voluntarias me enviaron los datos de dos víctimas que toman de una gran base de datos. Les di gracias por la información pero les propuse representar a personas conocidas o cercanas a nuestro círculo,  no tuvieron problema alguno. Entonces hicimos dos pancartas. Yo fui Nelson Cabrices, 46 años, Maquillador (y amigo), que fue interceptado el 04 de Abril del 2012 en Los Dos Caminos mientras regresaba a su casa para robarle el carro, al tratar de huir uno de los ladrones se acercó y le disparó sin compasión. Un solo tiro en un costado cegó la vida del cariñosamente llamado "Tío Nelson", un hombre sencillo, divertido y un profesional muy reconocido en su área con quien tuve la oportunidad de compartir; lo vi dos días antes de su muerte y me contó que se iría al exterior a continuar su carrera, ahí quedó su sueño. Mi hija fue Miguel Ángel Martín, 67 años, Agricultor, asesinado por la delincuencia organizada el 11 de Noviembre del 2013 con disparos de escopeta al llegar a trabajar a su finca en El Sombrero, Estado Guárico y padre de Ariadna Martín, nuestra amiga. No conocí al Sr. Miguel Ángel pero por mi amigo Omar Sierralta supe de su sencillez, humildad, amor por su trabajo y por el país. Era canario y dejó literamente la vida en Venezuela.

La primera actividad de reconocimiento inició un via crucis de sensaciones para mi. Nos organizamos en cuatro grupos y cada uno se reunió en círculo mostrando su pancarta. La idea era leer y conocer a las víctimas que cada uno de nosotros representaba. Fue fuerte leer todo aquello, identificarse con alguien de tu edad, o profesión, o que vivía en tu zona y jamás conociste, y saber que fue víctima como podrías serlo tu en cualquier momento me llenó de rabia, frustración, miedo, impotencia y tristeza, todo eso al mismo tiempo. Mis manos comenzaron a sudar mientras sostenía el cartel del Tío Nelson. Reconocí en los rostros de los demás voluntarios que no era la única que sentía así, muchos tragaron duro como yo y nuestros ojos ya mostraban indicios de lágrimas que no podíamos contener.



Las paradas: crear consciencia

Las primeras dos paradas fueron las más fuertes para mi, desde el primer momento comencé a llorar recordando a Nelson e imaginando lo que pudo haber sentido cuando lo asesinaron, pensé en su familia, en el dolor de perder un ser querido. Pude ver a lo lejos que mi hija lloraba también, y puedo imaginar claramente su conexión con la pérdida de un padre, porque ella lo vivió en carne propia, aunque no en manos de la violencia lo cual debe ser mucho más fuerte. En principio mi desconexión con el mundo exterior fue total, mi mirada estaba fija en un punto neutral, como en una especie de trance o meditación por exagerado que parezca, el voto de silencio durante la protesta es de las cosas más importantes que sucede en esta actividad: evita el rechazo generalizado de los que no entienden que pasa, obliga a leer las pancartas y te hace concentrarte en lo que quieres transmitir.

Pude ver, dentro de esa concentración a las personas que se paraban cerca y leían, sus caras de tristeza, como eran movidos por lo que estaban viendo. Lo más fuerte fue recibir pésames, palabras de aliento y contacto físico de personas, sobre todo abuelas o señoras, que al detenerse y entender de que trataba se conmovían. Me tocaban el hombro, apretaban mi mano o mi brazo en señal de apoyo. Esos contactos físicos me hacían llorar más, entender como otro ser humano puede hacerse solidario con tu dolor o hacerlo propio fue de las cosas más hermosas que viví. Unas señoras en un punto comenzaron a rezar y otras al pasar se persignaban o me brindaban una bendición con la señal de la cruz, como hacen los curas en las iglesias. Eran personas totalmente desconocidas, que no se acercaron por compromiso, que no sabían ni de cerca quien era yo, y sin pensarlo me daban una señal de apoyo. Consciencia.



El grito: evadir la realidad cuando pega fuerte

Seguíamos caminando y ese tránsito de emociones me seguía invadiendo. Había momentos en que me calmaba, otros en que volvía de nuevo al llanto. Un sube y baja, entre el calor, el sol y la observación. A mitad de recorrido vi como uno de los líderes hizo la señal para la descarga, sentí nervios de alguna manera. Cuando se completó la señal empezó la descarga de gritos que se contagió entre todos los voluntarios. Tomé aliento y grite como nunca en mi vida lo había hecho, se agotó el aire y volví de nuevo a gritar, lloraba terriblemente, un dolor auténtico me invadía, gritaba desde el alma, gritaba por Nelson, por Miguel Ángel, por todos, por mi, por mi familia. Grite una, dos, tres y perdí la cuenta de las veces por menos de un minuto. Terminé temblando y llorando, fue cuando abrí los ojos - o no recuerdo si siempre los tuve abiertos - miré a un grupo de personas entre ellos unos niños agarrados fuertemente de la mano de su mamá que me miraban con cara de incredulidad. Yo seguía sosteniendo firmemente mi pancarta.

"¿Porque todos gritaron mamá?" preguntó el niño más grande. La mamá no supo responder, lo jaló duro de la mano y le dijo "Vámonos, sigue caminando". Otra niña empezó a leer el cartel en voz alta como lo hacen los niños cuando están aprendiendo a deletrear y escuché con voz fina y lenta que repetía "N e l s o n   C a b r i c e s , a s e s i n a d..."; no pudo terminar la palabra, la madre le tapó los ojos y le dijo "¡No sigas leyendo eso!¡Es malo!" y se la llevó. Pude escuchar como se alejaban y la niña preguntaba "¿Pero era una grosería mamá?". Un señor se me acercó y me dijo "Asustaron a esos niños", yo pensé "Los niños tenían curiosidad, los asustados eran los padres, ¿cómo explicarles que hay una bala con su nombre por ahí?"

Muchos voltearon y siguieron su camino, pero si pude ver que en el momento del grito mucha gente detuvo su andar.  Fue menos de un minuto, después todo volvió a la "normalidad". Silencio. Una gran negación.



La caminata: vuelve la indiferencia 

Luego del grito realmente descargué mis emociones, el llanto paró, pude secarme las lágrimas, tomar algo de agua, revisar como estaba mi hija que de lejos me miró con los ojos hinchados y me regaló una sonrisa. Estábamos bien, estábamos vivas. Pude sentir una especie de paz, no se como describirlo pero gritar de ese modo realmente fue una catarsis, una manera de llamar la atención, de representar el dolor de que te arrebaten la vida de modo violento, sin haber terminado tu misión, sin haber vivido lo que te correspondía.

Ya más tranquila pude observar mejor el comportamiento de la gente, mientras caminábamos nos decían muchas cosas, personas que no leían los carteles y solo veían pancartas desde los edificios o las calles por estar muy lejos nos gritaban que fueramos a trabajar, no faltó un "Viva Chávez", ni un "estos escuálidos cada vez están más locos". Alguien dijo por ahí que todo era culpa de María Corina. Lejos estaban de entender que no era una protesta partidista y que la violencia nos alcanza a todos sin importar tu color político. Había que leer las pancartas para entender de que se trata todo, por eso las paradas.

Otras personas quedaban un poco afectadas, se asombraban y pude escuchar "nos están matando", "cuando me tocará a mi", entre reflexiones de algunos transeúntes. Pero lo que más pude apreciar fue personas que desviaban la mirada, entendían que había una protesta pero no se querían enterar de que iba; luego del grito y ya más centrada empecé a buscar con la mirada a las personas en total silencio para ver quien hacía conexión. Muy pocos. Casi todos pasaban frente al cartel mirando al piso, cabizbajos. Otros me miraban, concectaban un micro segundo pero pude entender que era un acto autómata, seguían inmersos en sus pensamientos. Pude ver evasión, pero más que todo pude ver indiferencia. Me dolía, pero pude respetarlo. No todos estamos preparados para tomar consciencia y muchas veces lo hacemos cuando el problema nos alcanza de cerca. Muchos no estamos listos para que nos importe lo que le pasa a los demás.

En conclusión: A mi me importa

Participar en esta actividad fue relevador de muchas formas, me hizo pasearme por un bulevar de Sabana Grande que representa en pequeña escala lo que sucede en el país. Alrededor de pinta caritas, burbujas de jabón, el muñecote de Barney repartiendo globos y las familias comiendo helado nos paseamos con la muerte a cuestas, vestidos de negro y en silencio, entre toda esa "alegría" forzada de la calle, ese evadir de la realidad, fuimos un despertar para muchos, un pedacito de consciencia que temporalmente o quizás para siempre se instaló en algunos. Y así estamos, entre un país chévere, y un país que se muere cada vez más rápido. Hasta que despertemos todos y exijamos se respete nuestro derecho a la vida. 

Finalmente, como concluyeron los organizadores de la jornada, coincido en que "... estas tareas no se hacen en un día. Solo sembramos una semilla, sabemos que esto no va a cambiar las cosas de la noche a la mañana, pero es el inicio de algo. Gracias". Por eso #AMiMeImporta




 

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