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Un viaje sin retorno

lunes, diciembre 15, 2014

"La Diosa quiso recibirlos y regalarles este viaje" dijo Ricardo en sus palabras de despedida, el hermano pemon de 52 años que fue uno de los porteadores y guía durante la expedición que hicimos durante 8 días al Roraima Tepuy, el último de los Destinos Foto Arte del año 2014.

Cuando Arianna Arteaga y yo nos sentamos a finales del 2013 a planificar los viajes del siguiente año y nos planteamos hacer un destino "exigente", jamás pensamos que cambiaría nuestras vidas de la manera en que lo hizo. Para Arianna sería la tercera vez que subiría al tepuy y para mi, y para la mayoría del grupo, la primera. Seguirá siendo una anécdota que nos echamos la culpa la una a la otra acerca de la decisión de haber elegido Roraima como el destino más ambicioso en el proyecto de paseos fotográficos que lleva en conjunto La Escuela Foto Arte y Al Aire Libre, pero a estas alturas ya no importa. Solo nos reimos y gozamos.

Doce fotógrafos, amateurs y profesionales, cada uno movido por razones personales decidió emprender esta aventura y nosotras los acompañamos. Mucha ansiedad rodeó los días previos al viaje, Arianna y yo nos debatíamos entre nuestros propios retos y miedos personales y la responsabilidad de llevar a este grupo a una expedición que por mucho dista de un paseo fotográfico tradicional, donde las comodidades son pocas, las exigencias muchas, tanto físicas como mentales, y en un momento nos dimos cuenta que no se trataba de un paseo de profes y alumnos, sino de un viaje en equipo y que debíamos apoyarnos los unos a los otros para poder llevarlo a cabo. Y así fue como lo hicimos, abrimos el pecho y el corazón, confesamos nuestras inquietudes, e invitamos a todos a convertir el viaje en una experiencia personal y espiritual, donde de paso tendrían la oportunidad de fotografiar, los instamos a llevar equipo mínimo, aquel con el que se sintieran cómodos, sin alardes técnicos que luego pesarían en el camino; no fuimos profesoras, ni guías, fuimos integrantes de un grupo de entusiastas con las mismas expectativas, ansiedades, miedos y retos por delante.

Así fuimos, y así nos recibió  "La Madre de todas las Aguas" como algunos traducen "Roraima", la fecunda roca de los torrentes. Nos aproximamos y subimos a ella con respeto y humildad, conscientes de ser intrusos en un territorio antiguo y místico, lleno de enigmas y mundos perdidos, seguimos al pie de la letra las recomendaciones de nuestros hermanos pemones que nos dieron permiso de entrar en su zona sagrada y en retorno Roraima que se muestra de lejos grande, inalcanzable y llena de nubes y lluvia, se entregó a nosotros en días de cielo abierto, arco iris, abismo despejado y noches frías pero amables.

"Lo hicimos otra vez" me dice Arianna cada vez que regresamos de un destino, y esta vez me lo dijo mientras mirábamos de frente al Tepuy imponente que hacía unos días habíamos tenido bajo nuestros pies. Lo contemplamos, y era difícil creerlo, pero sí, lo habíamos hecho otra vez.

Mi hija me pidió muchas veces antes de iniciar el viaje que por favor regresara, yo no entendía mucho, pero ahora que voy en carretera mirando el tepuy a lo lejos, rumbo a casa, creo saber a lo que se refería. Siempre dejamos algo de nosotros en la cima, yo dejé parte de mis miedos, mas no todos, pero si los suficientes para emprender nuevos ciclos con nueva energía, dejé cierta desesperanza inevitable por estos días en que nuestro país ha sido tan maltratado, dejé inseguridades y un sinfín de complejos. Todas esas cosas viajaron sin retorno, se volvieron agua, y espero que no vuelvan. Alguien quedó allá y regresa aquella que siempre debió ser, aquella que no debía quedarse como me pidió mi hija.

Todo fue posible gracias a Autana Aventura, al maravilloso guía de tepuyes Igor Elorza, a la incansable Arianna Arteaga, a nuestros hermanos pemones y a cada uno de los que decidieron compartir esta experiencia: Mario, Ricardo, Juan, Lisbeth, Ana María, Mariana, Diana, Jessy, Joleydis, Karina y Anabella, Azalia.  A todos ellos wakupecruman, que significa "agradecimiento" en pemon.

Disfruten de Roraima, bajo mi humilde lente. Así la vi, y así se las muestro.

Roraima desde el camino hacia el Campamento del Río Kukenán, nuestra primera parada en la caminata hacia el tepuy.

Arianna Arteaga en el camino hacia el Río Kukenán, a lo lejos la iglesia fundada por monjes capuchinos primeros en llegar a este lugar en donde inicialmente estaba la población de Paraitepuy (que significa "hacia el tepuy") y en donde todavía hay restos de bases de chozas y sitios de cocinar de los habitantes originales. Posteriormente y tras el nombramiento del lugar como Parque Nacional, el poblado se mudó unos 12 kilémetros más cerca de la carretera para evitar la contaminación y presencia de automotores en la Gran Sabana. Historia contada por Igor Elorza.

En estas cestas, llamadas "guayare", los pemones transportan la comida, enseres y equipaje del campamento. Foto en el Campamento Kukenám.

En el campamento base, al pie del Roraima, esperamos al siguiente día para emprender la subida. En la foto Diana y Mario Goncalves, admiran la sabana y señalan el camino por donde llegamos.

Vista del Tepuy Kukenám, vecino del Roraima, menos fercuentado por su dificultad de acceso. Algunos lo llaman "El maldito" porque según cuenta allí los chamanes realizaban sacrificios, llueve el 80% del tiempo y debe subirse con permisos y mucha precaución. El salto que se ve es el nacimiento del Río Kukenám, y sería el salto más alto del país si no estuviese seco en el verano.

Uno de nuestros hermanos pemones, con su guayare a cuestas en la cima de Roraima. En minutos el cielo se abre en azules, y en otro minuto la nube se posa sobre nosotros.

Mundos perdidos en la cima del Roraima, espejos de agua e islas de plantas por doquier.

Mundos perdidos en la cima del Roraima, espejos de agua e islas de plantas por doquier.

Arianna Arteaga Quintero en la cima del Roraima.

Otro de nuestros hermanos pemon, Ricardo, que llamábamos "El Angel" porque cada vez que lo necesitabamos estaba presente y salía de la nada a ayudar.

Milagros tiene 27 años, fue una de nuestras porteadoras, cargando 15 kilos de equipaje en su guayare. Las mujeres son fuertes y aguerridas, calladas pero con mucho temple. Milagros habla español, pero muchas mujeres pemon no lo hacen. Aquí un retrato en nuestro "hotel" (cueva donde nos resguardamos por dos noches) en la cima del tepuy.

La cima del Roraima tiene varias cuevas en sus formaciones fantásticas que son usadas por las expediciones como resguardo y establecer campamento. Aquí el Hotel El Guácharo, donde estuvimos por dos noches.

Los amaneceres era fantásticos porque primero son muy nublados y en minutos se abre el cielo en azul con una luz fantástica. Gocé con estos contraluces desde el hotel. En la foto, Diana Goncalves.

Nuestros hermanos pemones recibiendo los primeros rayos de sol. En esta foto se me antojan como un grupo de súper héroes, y la verdad que lo son. Humildes, amables, serviciales y sobre todo con mucho temple. Admiración para ellos.

Paisaje de playa con arena rosada. Arriba encuentras variedad de paisajes a solo metros de distancia. La arena rosada es producto de la erosión de la piedra, es mu suave y forma "playas" en varias partes de la cima.

Mundos perdidos, formaciones extraordinarias de todas las formas. Gozamos adivinando, allí hay una especie de gárgola.

Los jacuzzis son un clásico tepuyero, como dice Arianna Arteaga. Son piscinas de agua cristalina y fondo de cuarzo que parecen salidas de un mundo de fantasía. En la foto Mario Goncalves, antes del chapuzón correspondiente.

Desde el borde, Igor Elorza, nuestro guía, se asoma y admira la belleza de la Gran Sabana en un día despejado.

El borde es un lugar para sentarse y admirar la grandeza que te rodea. Creo que era el sitio favorito de Diana Goncalves, que subía por segunda vez.

El grupo en el borde del Roraima y al fondo el Kukenám. Solo hace falta Mario Goncalves en la foto porque andaba curioseando por ahi :)

Selfie con Roraima, en la vuelta el día nos regaló un atardecer hermoso para verlo por última vez. Parece mentira que lo subimos y lo vivimos.

Roraima Tepuy, en mi última vista.

Seis palabras

lunes, noviembre 03, 2014

Tenía 3 años sin ver a mi hermano Armando; él vive fuera de Venezuela mucho antes de la era de la emigración venepesimista. Desde tempranito supo que su vida no iba a funcionar muy bien en este país de mentalidad de petrodólar y machismo absurdo, así que cuando tuvo el primer chance y gracias a su maravilloso coeficiente intelectual alzó vuelo becado y con todos los gastos pagos y más nunca vivió en el norte del sur. Algunas escapadas por algunos meses, seguidas de huídas intempestivas, una intentona de vuelta con frustración de realidades, un matrimonio, un divorico, la madurez y el tiempo hicieron que tenga ya más de 20 años fuera del país. Es mi hermano el emigrante. El profesor, el investigador, el intelectual, al que admiro y con quien siempre odiaba jugar "Sabelotodo" porque no había quien le ganara, pero a quien quiero a chorros. Es padrino de mi única hija y vino a Venezuela especialmente a bautizarla aunque no entiende esos rituales. Tío-padrino de la única sobrina, la única nieta, la única descendencia de la generación de los 60 y 70 de los Montilla-Navarro.

En fin, ese no verlo por tanto tiempo, ese susto de ver como los pasajes subían y subían, esa incertidumbre de qué va a pasar después, de esta puede ser la última oportunidad, de apúrate que después no sabes, me hizo meterme en internet y lanzarle un tarjetazo doloroso pero bien pensado y largarme un rato con destino a la casa gringa de mi hermano en Atlanta. Sin CADIVI y sin un cuerno, nada de eso importaba. Por supuesto, arrastrando con mi hijita querida a quien le di con mucho esfuerzo su viaje de cumple-graduación-navidad y conexos, porque "de aquí pa' lante nadie sabe". Sabía que era uno de esos viajes de los que uno vuelve con el corazón arrugado, con trancazos por las costillas y más arriba (además del bolsillo), preguntándose cosas, cuestionándose todo, porque al fin y al cabo, el se iba a quedar, como siempre y nosotras ibamos a regresar, quien sabe a donde.

La cosa es que ya montada en ese burro, y sabiendo lo que venía,  pues lo que tocaba era arrearlo, como dicen por ahí, y ya estando allá como para olvidarme del asunto me inventé que nos encaramamos en un carrito alquilado y largamos por la carretera a ver qué destino lográbamos en 25 días que teníamos por delante. Con las mismas recorrimos un pocotón de millas (no quiero sacar la cuenta de los tanques de gasolina), conocimos 10 ciudades en 10 estados de USA y paramos por más de una noche en seis de ellas.

Por más que quise engañarme, la fotografía es el reflejo de lo que sentimos y cómo nos conectamos con los lugares que transitamos. Al menos así lo vivo diariamente, así es mi experiencia a través del lente. Disparé poco, observé mucho; no fui turista, fui de alguna manera una interprete de lo que sentía en la medida que recorría cada lugar. Así iba, con esa sensación crítica por delante. Aquí lo que edité como resultado de mi viaje. Son solo seis fotos, seis palabras.  Nada más, nada menos. Verlas fue identificar cada sensación en cada lugar, en medio de tanta frontalidad. Un viaje nostálgico de vuelta neutral que se resume en seis palabras.

Atlanta, Georgia: Abandono

Charlotte, North Carolina: Poesía

Washington DC, District of Columbia: Indefensión

New York, New York: Sobrevalorado

Boston, Massachussets: Perfectible

Charleston, West Virginia: Inmensidad




¿Hace falta el que vendrá?: pequeñas crónicas de despedidas

martes, julio 22, 2014

Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Me miró desde el azul de sus ojos. Sin mucho preámbulo me dijo "Me voy, en unas tres semanas estoy fuera del país".  Era la quinta vez en un mes que escuchaba frases como esa de amigos y conocidos. En esos casos no sabes que decir, te debates entre la tristeza de ver partir otro ser querido y la alegría de que haya encontrado una vía para hacer una vida mejor; también se mezcla la incertidumbre y el miedo de la situación propia, te haces preguntas, te cuestionas. Él es contemporáneo conmigo, pero piensa en su hijo y quiere darle otras oportunidades. "¿Qué vas a hacer por allá?¿Tienes trabajo?", me preocupé en preguntar, tenemos la confianza suficiente. "No lo se, sólo quiero sacar a mi hijo de este país. No me importa lavar pisos si es necesario". Tragué duro y aguanté las lágrimas, eso no es lo que necesita de mi, pensé. Nos tomamos un café, nos hicimos los locos y seguimos hablando de otra cosa como si nada, como dejando pasar el momento difícil de preguntar por la fecha exacta de la despedida.

Mi teléfono celular repicó, ese día llovía como parte de esos días bipolares de Junio que siempre me han chocado tanto; Junio es un mes confuso. Rara vez me llama, me escribe mensajes de texto o de chat, tiende a ser frío pero tiene una manera particular de expresar sus emociones y manifestarme su cariño. El corazón pegó un brinco, ya se va, pensé. Efectivamente, desde el otro lado del teléfono me saludó como cualquier día y después de un silencio incómodo dijo "Mañana me voy, no puedo despedirme personalmente, no quiero". Sólo atiné a desearle suerte, decirle que se cuide mucho y que espero verlo de vuelta, quizás cuando Junio no sea tan indeciso. Otro amigo que partió.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Ese día hablábamos de trabajo, cuando lo hacemos le gusta sentarse en el sofá de mi oficina, se pone cómodo, se quita lo zapatos, se que siente en casa y eso me hace feliz. Siempre reímos, pero esta vez se puso serio. "Ya no puedo esperar más, con o sin licencia me voy."  Él es de los que tiene ya rato esperando por sus papeles de inmigración para el país donde está toda su familia, es un solitario, que decidió quedarse en Venezuela porque cree en ella, porque su negocio era próspero y porque es un soñador que cree que los cambios son posibles. "Estoy harto, para que cambien las cosas tiene que cambiar la gente y eso no pasa de la noche a la mañana. Nada me ata a este país, excepto mis amigos, que quisiera llevármelos en una maleta, pero no me puedo poner sentimental" . ¿Qué decir:? Otro afecto que se aleja, pensé. Odié la situación, odié pasar de nuevo por esto, lo miré y no me pude aguantar. Mientras le decía que siempre lo apoyaría en cualquier decisión las lágrimas corrían solas sin poder controlarlas. Me abrazó, "Coño mi compinche, mira que es difícil". Lo se, contesté.

Han pasado los días, esa despedida todavía no ocurre pero se está dando poco a poco, cuando veo que esta vendiendo sus cosas, haciendo inventarios, haciendo trámites para cerrar su negocio y dejar a toda su gente bien arreglada, lo veo en sus ojos y en su evasión cada vez que le digo para vernos. Me manda sus ideas de negocio fuera, me alegra el corazón saber que piensa siempre en mi. Creo que hay que ser fuerte, que cuando se toma una decisión como esa no se puede uno ablandar. Sentimientos encontrados y la vida partida en dos.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Cuando me escribió para decirme que quería una reunión conmigo sabía que algo estaba tramando. Cada vez que lo hace se me hace un nudo en el estómago y hasta ahora siempre me había sorprendido con una buena noticia, una idea, un proyecto. Su cara morenaza y simpática me miraba con ojos brillantes, sonrisa a flor de piel, "no puede ser una mala noticia", pensé. Y no lo era, no para él. Con alegría desbordante y rostro de niño con juguete nuevo me lanzó directo y sin anestesia un "me voy" con disculpa incorporada. Su conflicto era faltar a sus compromisos conmigo, dejarme con pendientes y quería ver como podía solucionar. Todo era silencio, veía su boca moverse y no escuchaba nada, era como estar metida en un estanque bajo el agua.  ¿Cómo decirle que me importaba un pito el asunto laboral y que realmente me estaba dando en la madre que se me fuera tanta gente querida?. Me puse el traje corporativo y respiré. Repetí el discurso de suerte - jamás he creído en ella- , lo mejor es lo que pasa, que te vaya bien, y el "no te pierdas" que ya había repetido varias veces en el mes.

Hace unos días una amiga mutua me decía que estaba molesta, que no sabe porque pero que le incomodaba muchísimo ese tema de la gente que se va sin importarle nada de nada, sin mirar a los lados, sin pensar en los demás. Me lo decía con dolor, con sentimiento. Sólo atiné a decir algo que he reflexionado últimamente: nos aproximamos a las partidas como lo hacemos con la muerte, somos egoístas, pensamos en nosotros y no en el bien del que se va, en el descanso, en la tranquilidad y la calidad de vida que persigue. Y le dije: no hay manera de irse de tu país sin dejar heridas abiertas, emigrar es como renunciar a algo muy tuyo, hay que hacerlo sin mirar atrás, sin pensar en otros, porque de otro modo no lo harías. Yo iba manejando, pero por el rabillo de ojo pude ver como cruzó los brazos y suspiró profundamente. "Es verdad, lo que pasa es que no quiero que se vaya", dijo. "Yo tampoco, ¿almorzamos?", contesté.

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Foto por: Mario Goncalves -Identidades de Viaje

Ella siempre me escribe para pedir consejo, lo hace de vez en cuando, creo que por alguna razón necesita aprobación. Algún día lo entenderé. Había recibido un correo la noche anterior en el cual su compañera de trabajo, días después de haber partido a un viaje vacacional, le informaba que no volvería al país, que se quedaba, que "Chao pescao'" . Me dejó fría. Así nada más, después de emprender un gran proyecto que ha resultado exitoso, se quedó sin socia. "Así estamos", le dije, "¿qué vas a hacer?". Me dijo que tenía oportunidad de trabajo fuera y que no sabía porque lo había pensado tanto hasta ahora y que era hora, y dicho eso un "me voy pal carajo" me soltó.  Gancho al hígado. ¿Que decir esta vez?:"Échale bola pues".

Me di cuenta que de un tiempo para acá trato de no alargar esas conversaciones. Se cómo terminan, o se que nunca terminan. Seguimos hablando, no le toco el tema, pero es inevitable verla trabajar, ver todo ese talento y pensar que en sólo cuestión de meses estará en otro país, y que lo que alguna vez soñó aquí se desvanece poco a poco. A esa despedida no quiero ir, realmente no quiero ir a ninguna.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje
Él tiene una energía desbordante, se ha enamorado del espacio que transito y por eso lo veo regularmente. Soy su "mamá fotográfica" y yo me lo creo.  Y así como es él de espontáneo, hablando de cualquier cosa me confesó que está planificando irse. No sabe si definitivamente, pero necesita apartarse de toda esta locura. Una vida personal batuqueada, proyectos de negocio que no terminan de florecer y una crisis vocacional fueron el caldo perfecto para que decidiera emprender un viaje quien sabe si con retorno.

"No tengo miedo, no sé que me voy a encontrar, pero no tengo miedo". Admiré su valor, pensé con algo de envidia sana que es fácil con menos de 30 años en el calendario, sin matrimonio, hijos, ni perro que le ladre tomar una decisión como esa. Le pregunté si estaba seguro y luego me arrepentí. ¿Quién soy yo al fin y al cabo para cuestionar las decisiones de nadie?. "¿No estarás huyendo?", pregunté con una autoridad terrible, como creyéndome que con algún discurso barato cambiaría su decisión. Iba manejando y no pude ver su cara pero me repetía a mi misma cien veces que era yo una metiche de pueblo. "No vale, no huyo, sé que cuando regrese encontraré los mismos temas que dejé pendientes, por eso no quiero dejar ninguno". La hora de cola pasó mientras me contaba sus planes, yo tenía algunos vacíos, opinaba a veces, la mayor parte callé. Otra despedida en puerta. La fila de carros avanzó y yo permanecí quieta. "Hey, avanza que la cola camina". Eso trato, pensé, de avanzar entre tanto intento.


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Detrás de los anteojos "retro" sus pequeños ojos se pierden, esperábamos para iniciar una actividad con varios invitados y me dijo "Chica, todo el mundo se va, ¿lo has pensado?". Ella es mayor que yo pero sus hijos son pequeños. Hablamos sobre las posibilidades de irnos de país y le confesé que la verdad no está en mis planes, que todos mis ahorros están invertidos en Venezuela, que a mi edad es complicado empezar se nuevo, y demás reflexiones que me he planteado. Silencio. También ella lo había pensado del mismo modo. Más silencio, nosotras nos quedamos en el país. El sonido del proyector de diapositivas inundaba el lugar, y me quede pegada viendo y sin ver a la vez. Más diapositivas, sueltas, sin orden, había que ordenar ese carrete. Palabras sueltas, espacios en blanco.

Pensé en el dicho "No hace falta el que se va, hace falta el que vendrá".  Nos inventamos cada cosa para justificarnos. Así somos. Así es Venezuela.
 

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