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Seis palabras

lunes, noviembre 03, 2014

Tenía 3 años sin ver a mi hermano Armando; él vive fuera de Venezuela mucho antes de la era de la emigración venepesimista. Desde tempranito supo que su vida no iba a funcionar muy bien en este país de mentalidad de petrodólar y machismo absurdo, así que cuando tuvo el primer chance y gracias a su maravilloso coeficiente intelectual alzó vuelo becado y con todos los gastos pagos y más nunca vivió en el norte del sur. Algunas escapadas por algunos meses, seguidas de huídas intempestivas, una intentona de vuelta con frustración de realidades, un matrimonio, un divorico, la madurez y el tiempo hicieron que tenga ya más de 20 años fuera del país. Es mi hermano el emigrante. El profesor, el investigador, el intelectual, al que admiro y con quien siempre odiaba jugar "Sabelotodo" porque no había quien le ganara, pero a quien quiero a chorros. Es padrino de mi única hija y vino a Venezuela especialmente a bautizarla aunque no entiende esos rituales. Tío-padrino de la única sobrina, la única nieta, la única descendencia de la generación de los 60 y 70 de los Montilla-Navarro.

En fin, ese no verlo por tanto tiempo, ese susto de ver como los pasajes subían y subían, esa incertidumbre de qué va a pasar después, de esta puede ser la última oportunidad, de apúrate que después no sabes, me hizo meterme en internet y lanzarle un tarjetazo doloroso pero bien pensado y largarme un rato con destino a la casa gringa de mi hermano en Atlanta. Sin CADIVI y sin un cuerno, nada de eso importaba. Por supuesto, arrastrando con mi hijita querida a quien le di con mucho esfuerzo su viaje de cumple-graduación-navidad y conexos, porque "de aquí pa' lante nadie sabe". Sabía que era uno de esos viajes de los que uno vuelve con el corazón arrugado, con trancazos por las costillas y más arriba (además del bolsillo), preguntándose cosas, cuestionándose todo, porque al fin y al cabo, el se iba a quedar, como siempre y nosotras ibamos a regresar, quien sabe a donde.

La cosa es que ya montada en ese burro, y sabiendo lo que venía,  pues lo que tocaba era arrearlo, como dicen por ahí, y ya estando allá como para olvidarme del asunto me inventé que nos encaramamos en un carrito alquilado y largamos por la carretera a ver qué destino lográbamos en 25 días que teníamos por delante. Con las mismas recorrimos un pocotón de millas (no quiero sacar la cuenta de los tanques de gasolina), conocimos 10 ciudades en 10 estados de USA y paramos por más de una noche en seis de ellas.

Por más que quise engañarme, la fotografía es el reflejo de lo que sentimos y cómo nos conectamos con los lugares que transitamos. Al menos así lo vivo diariamente, así es mi experiencia a través del lente. Disparé poco, observé mucho; no fui turista, fui de alguna manera una interprete de lo que sentía en la medida que recorría cada lugar. Así iba, con esa sensación crítica por delante. Aquí lo que edité como resultado de mi viaje. Son solo seis fotos, seis palabras.  Nada más, nada menos. Verlas fue identificar cada sensación en cada lugar, en medio de tanta frontalidad. Un viaje nostálgico de vuelta neutral que se resume en seis palabras.

Atlanta, Georgia: Abandono

Charlotte, North Carolina: Poesía

Washington DC, District of Columbia: Indefensión

New York, New York: Sobrevalorado

Boston, Massachussets: Perfectible

Charleston, West Virginia: Inmensidad




¿Hace falta el que vendrá?: pequeñas crónicas de despedidas

martes, julio 22, 2014

Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Me miró desde el azul de sus ojos. Sin mucho preámbulo me dijo "Me voy, en unas tres semanas estoy fuera del país".  Era la quinta vez en un mes que escuchaba frases como esa de amigos y conocidos. En esos casos no sabes que decir, te debates entre la tristeza de ver partir otro ser querido y la alegría de que haya encontrado una vía para hacer una vida mejor; también se mezcla la incertidumbre y el miedo de la situación propia, te haces preguntas, te cuestionas. Él es contemporáneo conmigo, pero piensa en su hijo y quiere darle otras oportunidades. "¿Qué vas a hacer por allá?¿Tienes trabajo?", me preocupé en preguntar, tenemos la confianza suficiente. "No lo se, sólo quiero sacar a mi hijo de este país. No me importa lavar pisos si es necesario". Tragué duro y aguanté las lágrimas, eso no es lo que necesita de mi, pensé. Nos tomamos un café, nos hicimos los locos y seguimos hablando de otra cosa como si nada, como dejando pasar el momento difícil de preguntar por la fecha exacta de la despedida.

Mi teléfono celular repicó, ese día llovía como parte de esos días bipolares de Junio que siempre me han chocado tanto; Junio es un mes confuso. Rara vez me llama, me escribe mensajes de texto o de chat, tiende a ser frío pero tiene una manera particular de expresar sus emociones y manifestarme su cariño. El corazón pegó un brinco, ya se va, pensé. Efectivamente, desde el otro lado del teléfono me saludó como cualquier día y después de un silencio incómodo dijo "Mañana me voy, no puedo despedirme personalmente, no quiero". Sólo atiné a desearle suerte, decirle que se cuide mucho y que espero verlo de vuelta, quizás cuando Junio no sea tan indeciso. Otro amigo que partió.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Ese día hablábamos de trabajo, cuando lo hacemos le gusta sentarse en el sofá de mi oficina, se pone cómodo, se quita lo zapatos, se que siente en casa y eso me hace feliz. Siempre reímos, pero esta vez se puso serio. "Ya no puedo esperar más, con o sin licencia me voy."  Él es de los que tiene ya rato esperando por sus papeles de inmigración para el país donde está toda su familia, es un solitario, que decidió quedarse en Venezuela porque cree en ella, porque su negocio era próspero y porque es un soñador que cree que los cambios son posibles. "Estoy harto, para que cambien las cosas tiene que cambiar la gente y eso no pasa de la noche a la mañana. Nada me ata a este país, excepto mis amigos, que quisiera llevármelos en una maleta, pero no me puedo poner sentimental" . ¿Qué decir:? Otro afecto que se aleja, pensé. Odié la situación, odié pasar de nuevo por esto, lo miré y no me pude aguantar. Mientras le decía que siempre lo apoyaría en cualquier decisión las lágrimas corrían solas sin poder controlarlas. Me abrazó, "Coño mi compinche, mira que es difícil". Lo se, contesté.

Han pasado los días, esa despedida todavía no ocurre pero se está dando poco a poco, cuando veo que esta vendiendo sus cosas, haciendo inventarios, haciendo trámites para cerrar su negocio y dejar a toda su gente bien arreglada, lo veo en sus ojos y en su evasión cada vez que le digo para vernos. Me manda sus ideas de negocio fuera, me alegra el corazón saber que piensa siempre en mi. Creo que hay que ser fuerte, que cuando se toma una decisión como esa no se puede uno ablandar. Sentimientos encontrados y la vida partida en dos.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje

Cuando me escribió para decirme que quería una reunión conmigo sabía que algo estaba tramando. Cada vez que lo hace se me hace un nudo en el estómago y hasta ahora siempre me había sorprendido con una buena noticia, una idea, un proyecto. Su cara morenaza y simpática me miraba con ojos brillantes, sonrisa a flor de piel, "no puede ser una mala noticia", pensé. Y no lo era, no para él. Con alegría desbordante y rostro de niño con juguete nuevo me lanzó directo y sin anestesia un "me voy" con disculpa incorporada. Su conflicto era faltar a sus compromisos conmigo, dejarme con pendientes y quería ver como podía solucionar. Todo era silencio, veía su boca moverse y no escuchaba nada, era como estar metida en un estanque bajo el agua.  ¿Cómo decirle que me importaba un pito el asunto laboral y que realmente me estaba dando en la madre que se me fuera tanta gente querida?. Me puse el traje corporativo y respiré. Repetí el discurso de suerte - jamás he creído en ella- , lo mejor es lo que pasa, que te vaya bien, y el "no te pierdas" que ya había repetido varias veces en el mes.

Hace unos días una amiga mutua me decía que estaba molesta, que no sabe porque pero que le incomodaba muchísimo ese tema de la gente que se va sin importarle nada de nada, sin mirar a los lados, sin pensar en los demás. Me lo decía con dolor, con sentimiento. Sólo atiné a decir algo que he reflexionado últimamente: nos aproximamos a las partidas como lo hacemos con la muerte, somos egoístas, pensamos en nosotros y no en el bien del que se va, en el descanso, en la tranquilidad y la calidad de vida que persigue. Y le dije: no hay manera de irse de tu país sin dejar heridas abiertas, emigrar es como renunciar a algo muy tuyo, hay que hacerlo sin mirar atrás, sin pensar en otros, porque de otro modo no lo harías. Yo iba manejando, pero por el rabillo de ojo pude ver como cruzó los brazos y suspiró profundamente. "Es verdad, lo que pasa es que no quiero que se vaya", dijo. "Yo tampoco, ¿almorzamos?", contesté.

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Foto por: Mario Goncalves -Identidades de Viaje

Ella siempre me escribe para pedir consejo, lo hace de vez en cuando, creo que por alguna razón necesita aprobación. Algún día lo entenderé. Había recibido un correo la noche anterior en el cual su compañera de trabajo, días después de haber partido a un viaje vacacional, le informaba que no volvería al país, que se quedaba, que "Chao pescao'" . Me dejó fría. Así nada más, después de emprender un gran proyecto que ha resultado exitoso, se quedó sin socia. "Así estamos", le dije, "¿qué vas a hacer?". Me dijo que tenía oportunidad de trabajo fuera y que no sabía porque lo había pensado tanto hasta ahora y que era hora, y dicho eso un "me voy pal carajo" me soltó.  Gancho al hígado. ¿Que decir esta vez?:"Échale bola pues".

Me di cuenta que de un tiempo para acá trato de no alargar esas conversaciones. Se cómo terminan, o se que nunca terminan. Seguimos hablando, no le toco el tema, pero es inevitable verla trabajar, ver todo ese talento y pensar que en sólo cuestión de meses estará en otro país, y que lo que alguna vez soñó aquí se desvanece poco a poco. A esa despedida no quiero ir, realmente no quiero ir a ninguna.

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Foto por: Mario Goncalves - Identidades de Viaje
Él tiene una energía desbordante, se ha enamorado del espacio que transito y por eso lo veo regularmente. Soy su "mamá fotográfica" y yo me lo creo.  Y así como es él de espontáneo, hablando de cualquier cosa me confesó que está planificando irse. No sabe si definitivamente, pero necesita apartarse de toda esta locura. Una vida personal batuqueada, proyectos de negocio que no terminan de florecer y una crisis vocacional fueron el caldo perfecto para que decidiera emprender un viaje quien sabe si con retorno.

"No tengo miedo, no sé que me voy a encontrar, pero no tengo miedo". Admiré su valor, pensé con algo de envidia sana que es fácil con menos de 30 años en el calendario, sin matrimonio, hijos, ni perro que le ladre tomar una decisión como esa. Le pregunté si estaba seguro y luego me arrepentí. ¿Quién soy yo al fin y al cabo para cuestionar las decisiones de nadie?. "¿No estarás huyendo?", pregunté con una autoridad terrible, como creyéndome que con algún discurso barato cambiaría su decisión. Iba manejando y no pude ver su cara pero me repetía a mi misma cien veces que era yo una metiche de pueblo. "No vale, no huyo, sé que cuando regrese encontraré los mismos temas que dejé pendientes, por eso no quiero dejar ninguno". La hora de cola pasó mientras me contaba sus planes, yo tenía algunos vacíos, opinaba a veces, la mayor parte callé. Otra despedida en puerta. La fila de carros avanzó y yo permanecí quieta. "Hey, avanza que la cola camina". Eso trato, pensé, de avanzar entre tanto intento.


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Detrás de los anteojos "retro" sus pequeños ojos se pierden, esperábamos para iniciar una actividad con varios invitados y me dijo "Chica, todo el mundo se va, ¿lo has pensado?". Ella es mayor que yo pero sus hijos son pequeños. Hablamos sobre las posibilidades de irnos de país y le confesé que la verdad no está en mis planes, que todos mis ahorros están invertidos en Venezuela, que a mi edad es complicado empezar se nuevo, y demás reflexiones que me he planteado. Silencio. También ella lo había pensado del mismo modo. Más silencio, nosotras nos quedamos en el país. El sonido del proyector de diapositivas inundaba el lugar, y me quede pegada viendo y sin ver a la vez. Más diapositivas, sueltas, sin orden, había que ordenar ese carrete. Palabras sueltas, espacios en blanco.

Pensé en el dicho "No hace falta el que se va, hace falta el que vendrá".  Nos inventamos cada cosa para justificarnos. Así somos. Así es Venezuela.
 

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